viernes, 6 de junio de 2014

República para dummies

Disculpad por abandonaros tanto tiempo, últimamente tengo demasiado trabajo como para escribir y hasta mediados de verano no creo que tenga un respiro. Tengo algo de material breve, que iré publicando. Por lo pronto os dejo un artículo de divulgación política sobre La Tercera República escrito por mí mismo y dirigido a los medios de contrainformación. 


La finalidad de este artículo es divulgativa. Es una manera de responder, de forma sencilla, a todas esas preguntas o reparos que presenta la gente, a nivel general, cuando se habla de República. Puede resultar obvio para muchos pero desgraciadamente, la mayoría de la gente aún no ha acabado de comprender las ventajas que nos aporta la República, desde un nivel personal a uno económico. La idea es crear un texto de referencia, que todo el mundo pueda comprender, y en el que se responda de manera directa, más o menos completa, a las preguntas más comunes.
La principal motivación es la democrática. Todo pueblo, para vivir en democracia, tiene que elegir a sus representantes. Eso como mínimo. Y no hay mayor representante que el Jefe de Estado. No se puede hablar de democracia en un país que no elige a su Jefe de Estado, aunque su papel fuera meramente testimonial, que no es el caso, ya que se trata del mando supremo de las Fuerzas Armadas, nada menos. Resulta cuanto menos preocupante que las Fuerzas Armadas obedezcan en última instancia, a un cargo no democrático, al que nadie vota, y al que no se puede revocar normalmente. Después de todo, en una monarquía no hay ciudadanos, sino súbditos.

Menos tolerable aún es el hecho de la designación del cargo, que en la monarquía es por vía hereditaria, como si los genes de nuestro monarca fuesen acaso mejores que el de cualquiera de sus súbditos. Salta a la vista que la genética de nuestra familia real no es mejor que la de cualquier otro, si acaso peor, por el tema de la endogamia, pero no es algo que convenga tratar. Tampoco es adecuado pensar en designaciones divinas a estas alturas, bien entrado el siglo XXI. La única designación fue la de Franco al elegir heredero.
Si la monarquía fuese electa de algún modo, como de hecho lo ha sido en algunas monarquías medievales, la cosa tampoco sería mejor. Los cargos vitalicios no son democráticos, en 40 años la gente puede cambiar de opinión muchas veces. Además, quien pudiera “votar” a nuestro actual monarca, allá en el 78, tiene actualmente como mínimo 57 años. En nuestro país la media de edad está en 41 años. 

También hay que recordar el periodo delicado en el que se produjo la consulta, el temor en el que se encontraba sometida la población, y la coacción que suponía volver a la dictadura franquista en caso de votar NO. Lo que se votó no fue la instauración de la monarquía como forma de Estado sino la Constitución Española al completo, con la familia real como “un mal menor” que asumir por algo más de democracia.
Sobre el papel del monarca en el “golpe de estado del 23-F” mucho se ha escrito y todavía queda. Todo parece indicar que la versión oficial hace aguas, que muestra contradicciones, y todas las teorías alternativas pasan por contrarrestar esa heroicidad que se le atribuye. No es cuestión de dar ninguna por válida ahora mismo. Aun tomando como cierta la versión oficial, eso no es suficiente motivo para mantener de por vida a una persona en un cargo público de tal relevancia. No es tiempo para mesías, no lo fue hace 30-40 años y ahora aún menos. En un sistema democrático la gente no es gobernada por aquel que realice las mayores hazañas (o las invente, como en pleno medievo, vaya), sino por aquel que elige en base a ideas y programas. Si ya es triste que la gente se deje llevar por historias (ciertas o no) que condicionen su vida política, más triste aún es pretender convertirlo en ley del Estado. 

El aspecto económico, mencionado después de todo lo anterior no parece muy relevante, pero es uno de los últimos “argumentos” a los que se aferran los monárquicos para justificar su sistema anacrónico e injusto: “¿Qué más da Monarquía o República? Si nos va a costar lo mismo.” Pues no, no da lo mismo. En primer lugar por todo lo que ya hemos dicho y bastantes cosas más que no se han mencionado. En segundo lugar porque el presupuesto no debe ser el mismo, al contrario, la lógica simple nos hace pensar que el gasto se reduciría. De hecho, en una República Presidencialista el cargo de Jefe de Estado y el de Primer Ministro recaen en una misma persona.
Ejemplos de repúblicas presidencialistas sobran, de cualquier signo. Desde EEUU a Venezuela, prácticamente en todo el continente americano encontramos repúblicas presidencialistas. Como todo, tiene sus pro y sus contra, ese es un debate aparte que debe resolver la ciudadanía. 

Por supuesto, la instauración de una República no debería eliminar tan solo los privilegios de la Casa Real sino todos los de la nobleza que pervive a su amparo, parasitando el presupuesto a costa de mantener tierras sin cultivar y evadir impuestos. Todos los bienes obtenidos de forma improcedente deberán ser expropiados y puestos al servicio de la población, sobre todo en el caso actual de grave crisis económica y situación alarmante de desempleo. 

No es de recibo mentar a la figura del rey como símbolo de unidad. Sobre todo cuando la izquierda lo rechaza por definición (o debería, si es consecuente), y para los nacionalistas periféricos es un símbolo superior de opresión. Tampoco es lógico utilizarlo como estandarte contra la corrupción. No son pocas las veces que he escuchado “mejor tener al rey que a un político corrupto”. Eso, aparte de ser una falacia de campeonato, es poco realista. Los casos de corrupción que salpican directamente a la Casa Real, se encargan de desmentirlo, cada vez con más evidencias.
Dejando un lado su escandalosa vida personal (que nada tiene que ver con esto), tampoco son justificables algunos privilegios como su inviolabilidad jurídica o la poca transparencia de sus ingresos. Esto último es algo preocupante, teniendo en cuenta que llegó con una mano delante y otra detrás y actualmente es una de las mayores fortunas del país. 

En conclusión, la monarquía como forma de estado se encuentra totalmente fuera de lugar en nuestros tiempos. Es anacrónica, injusta y profundamente antidemocrática. Ni a nivel teórico y bienpensante es aceptable, a nivel práctico resulta aún más deleznable.
¿Es la República la solución a nuestros problemas?
La República, por sí sola, desde luego que no. Es una solución, una de muchas, y atañe sobre todo a nuestra dignidad, social y personal; pero no es ni de lejos la única. Además, es una ocasión fabulosa para sacar a colación otras muchas cuestiones que lastran nuestra política desde hace años al no aplicar solución y que no se han resuelto por el blindaje que se aplica a la Constitución.
La República es condición necesaria, pero no suficiente. ¡Pero necesaria, insisto! Y al parecer, una de las más inmediatas.

Lotto Córdoba



Un excelente artículo que completa, con ejemplos concretos, todo lo expuesto y aborda muchas más cuestiones. Imprescindible para el que quiera seguir leyendo sobre el asunto.

-Intervención sobre la República, por Julio Anguita (video).
Más antiguo pero igualmente imprescindible, de una de las mayores voces republicanas de nuestro país. Uno de los análisis más completo y didáctico de todos, comenzando con una lección de historia.

lunes, 24 de marzo de 2014

El galán rústico

La alocada vida sexual de un campesino muy cortés. La doble vida, la moral burguesa y el sexo.

Pasar tantos meses en la soledad casi absoluta de la montaña no era una excusa para perder las buenas formas y dejar de seguir las normas que exigía el protocolo formal para todo caballero en cada situación. Eso pensaba él, y actuaba en consecuencia.
Amante de la buena mesa, todas las noches tenía alguna cita para cenar con una de las señoritas con las que cohabitaba y aunque en las montañas no eran muy exigentes al respecto, a él le gustaba mantener las formas. Lo importante era que la primera impresión fuese buena, luego uno podía cometer sus pecados si era necesario, pero con discreción.

Ciertamente, era todo un seductor, y aunque sus modales fuesen poco menos que exquisitos, su comportamiento real no era del todo correcto: se culpaba a sí mismo de aprovecharse de su superioridad intelectual para embaucar. Cuando comenzaba una relación algo más formal, empezaba simultáneamente a tener encuentros sexuales con otra, hasta que su pobre pareja no daba más de sí, momento en el que la abandonaba para sustituirla formalmente por su amante y a su vez, buscaba otra compañera carnal, en un ciclo infinito, un uróboro.
Es justo precisar que esto no le agradaba demasiado, pero no podía evitarlo. Aunque se veía con edad de sentar la cabeza, a todas sus amantes les llegaba un momento que él llamaba ‘su hora’, y aunque lo intentó bastante, cuando llegaba ‘su hora’ perdían todo su atractivo sexual y con el tiempo, cada vez se volvían más frías y menos pasionales. Casualmente, siempre coincidía que ese mismo día su pareja se agotaba y llegaba el momento de la sustitución. Por más que lo intentaba, era imposible que recobrasen el interés.

Después de todo, parecía un tipo persistente y preocupado por mantener la pasión y hacer algo más duraderas sus relaciones, pero casi nunca funcionaba. Empezaba mordiéndoles el cuello, con suavidad, con mordiscos pequeños. Le parecía algo muy sensual pero no parecía obtener ningún resultado. Luego agarraba uno de sus muslos, sin mayor suerte, y aquellos juegos pasaban a ser un magreo casi mecánico.
A veces se ponía a pensar en qué podía haber fallado.
No innovaba, el estilo perrito era su favorito, quizá ese era su problema... Pero no, no podía ser eso, ellas insistían en colocarse a cuatro patas y cuando había propuesto otras posturas, siempre acababan con quejas y resultaba incómodo para ambos.
También era posible que llegase a desarrollar un comportamiento acaparador y agresivo que les resultaba insoportable, pero en tal caso, él no era consciente de ello. O quizá la culpa no fuese suya, sino que formaba parte de la naturaleza de todas las de aquella tierra comportarse así. Estaba en tal caso, condenado a ser un don Juan de por vida.

Aquella misma noche sabía que el día de la sustitución había llegado de nuevo, cada vez tardaba menos. Tras despedirse de la forma más cordial que pudo, sin obtener una respuesta, se retiró con su futura consorte a su última noche de amor.
Al final le resultó bastante satisfactorio, aquella era de las más fuertes y eso le volvía loco, iba a ser una lástima tener que volver a lidiar con debiluchas. Aprovecharon para hacer el amor un total de tres veces a lo largo de la noche, lo que le dejó exhausto.
Antes de retirarse, se dedicó a su rutina.
Cogió el garrote y de un golpe seco y fuerte, le partió la crisma. O al menos lo intentó, porque seguía viva, por lo que necesitó varios golpes para rematarla. La verdad es que aquello le resultaba casi tan placentero como el sexo, pero salía más caro.

Mientras se metía la mano en los pantalones para colocarse los sucios genitales de forma cómoda, se aspiraba los mocos y observaba el cadáver de la oveja que acababa de asesinar. Mejor desollarla mañana, pensó, todavía tenía patatas para el almuerzo.

jueves, 13 de marzo de 2014

La Luz


Relato metafórico con la apariencia de Ciencia-Ficción. Forma un díptico experimental con "La Sombra", de terror surrealista. Sin embargo, ambos son totalmente independientes argumentalmente. Abiertos a posibilidad de secuelas.

La Luz es lo más parecido a la lejía que te puedas imaginar.
Cuando apareció por primera vez, yo todavía vivía en Córdoba y mentiría si dijera que no influyó en mi decisión de mudarme al Norte. No se trata solo del efecto placebo, aunque en la escala terrestre estos ochocientos kilómetros suponen una diferencia mínima, las consecuencias aquí son mucho más suaves. Los países atrapados entre los trópicos se han vuelto totalmente inhabitables y todos sus habitantes han sido evacuados o han fallecidos. Solo resisten algunos científicos y militares en bases especialmente habilitadas y ninguno permanece más de una semana seguida, por seguridad.
Ahora el efecto es mucho más fuerte e incluso el aire se enrarece cuando pega fuerte, pero al principio todo se reducía a un inmenso flash. Como si todo el cielo fuese un foco gigante, mucho más grande que la Tierra. Los científicos creen saber a qué se debe, pero a algo tan lejano y gigante es muy difícil ponerle solución, a menos que se dediquen a fabricar naves espaciales como locos y salgamos todos pitando.
Antes La Luz aparecía durante menos tiempo y de forma mucho más espaciada, lo que nos permitió ponernos a salvo a partir de la segunda ocasión, pero la primera me pilló casi de lleno.
Salía como cada día a sacar a mi perrita, eran las doce de la noche de un día de agosto y aunque hacía bastante calor no era algo extraordinario.
Nada más salir del porche me sorprendí por la iluminación del cielo, tenía un color anaranjado propio de las noches de San Juan. Lo achaqué a la contaminación lumínica de la ciudad y la polución pero me seguía resultando algo sorprendente.

La perra echó a correr, como solía hacer, por el porche del bloque de pisos. Quería jugar y aunque yo no estaba por la labor, no tuve más remedio. Cuando por fin la alcancé levanté la vista al cielo y tenía un color mostaza aterrador. No había más luz, simplemente el fondo cada vez era más claro.
Entonces me fijé en el jardín, había bastante gente y no me había dado ni cuenta. En un rincón cinco o seis chavales miraban al cielo mientras bebían cervezas y hablaban a susurros, en un banco a mi derecha había una pareja abrazada y en silencio.

El cielo se iba volviendo cada vez más claro y cuando alcanzó una tonalidad gris casi blanca empezó a emanar luz. Al principio poca, pero el torrente de luz crecía de forma exponencial. En un par de minutos tuve que cerrar los ojos y echar andar hacia atrás, hasta que topé con el muro. Aunque tenía los ojos cerrados no veía negro sino rojo, como cuando te colocan una luz muy fuerte justo delante de la cara, solo que mucho más intenso. Es más, podría decir que la luz acababa filtrándose a través de los párpados y el rojo iba diluyéndose en un blanco que irritaba mis ojos, provocando que me agachase en el suelo y me escondiese la cabeza entre los brazos.

Todo eso duró lo mismo que tardó en llegar. Las molestias pararon en menos de un minuto pero tardé bastante en volver a abrir los ojos, en parte por miedo. Cuando lo hice, me costaba mucho ver a mi alrededor, como si hubiera entrado en una habitación oscura desde el exterior en un día soleado. Tardé mucho en acostumbrarme porque la luz cada vez era menor y no se compensaba con la adaptación de mi pupila. Al fin vi lo suficiente como para poder moverme.

Lo primero que hice fue buscar a mi perra. Estaba justo a mi lado, sonriente y meneando el rabo. Parecía que aquello no solo no le había afectado, sino que le había divertido.
Cuando pude ver un poco más allá distinguí a la pareja del banco, abrazados y dormidos uno junto al otro. Eso me me enfadó por un momento, pensé que podía haber sufrido algo que me hizo perder el conocimiento durante un rato y aquella gente no me había intentado socorrer. ¡Se habían dormido como si nada! Por muy enamorados que estuvieran tenían que haberme visto.
Luego vi al grupillo de chavales y lo entendí todo. Estaban tirados en el suelo, inconscientes y las botellas aún estaban medio llenas, por lo que descarto que la causa fuese una borrachera.

Por último miré los árboles, sus hojas… ¡estaban blancas! ¡Totalmente blancas! Y la ropa de aquella gente… ¡se deshacía solo con tocarla! Todos los tejidos se habían vuelto tan delgados como un folio.

Por suerte, toda aquella gente sobrevivió, aunque ello significase problemas de visión de por vida para todos ellos y daños cerebrales para algunos. El enamorado utiliza silla de ruedas desde entonces y por lo que supe, su novia ciega lo había dejado. Una pena.
También fue una suerte que a la perrita no le pasase nada. Hoy sabemos que La Luz ha extinguido varias especies animales ya y por supuesto, ha erradicado a todos los perros callejeros, junto a los mendigos.

Tampoco hay polvo desde que existe La Luz, ni nubes. Los árboles y las plantas más o menos resisten, pero han muerto todos los hierbajos, cosa rara. Tampoco nos visitan las moscas ni otros insectos y el agua de los arroyos se puede beber porque no tiene microbios.
La Luz es como la lejía: lo deja todo más limpio, más sano y más muerto. Solo deja el hueso.

jueves, 27 de febrero de 2014

La Sombra

Es un relato metafórico denso (puede que hasta pesado), surgido de un sueño real y guiado por las líneas del surrealismo original y del terror. Forma un díptico experimental con "La Luz", de ciencia ficción.


La noche en la ciudad es engañosa. Uno puede percatarse de esto en cualquier momento y en cualquier lugar, no hay que callejear necesariamente, aunque puede resultar una ayuda para convencerse.
Él lo experimenta desde su propia cama, escuchando el bullicio que llega del bar de abajo, en plena avenida. La ventana, abierta por el bochorno nocturno, tiene un cristal reforzado con cruces metálicas en su interior, esto divide la luz que entra en cuadriláteros que, a su vez, sufren múltiples transformaciones en su trayecto hasta la superficie en la que se proyectan. En primer lugar sufre una alteración del color: la luz anaranjada proviene de las muchas farolas de la avenida, pero se contamina con las luces de colores de los bares y locales.
Más tarde, la trayectoria oblicua con la que entra en la ventana, los marcos de la misma, los refuerzos metálicos y en definitiva, todos los obstáculos que encuentra a su paso, alteran la forma de la proyección y la cantidad de luz.
Por último, estas formas resultantes varían sus proporciones según la distancia que recorren hasta que topan una superficie para adherirse, aumentando o disminuyendo su tamaño de forma irregular.

Todo esto le resulta curioso, es una manera de sobrellevar el insomnio como otra cualquiera. Tener la cabeza llena de pensamientos bullentes, de forma similar a una olla exprés a punto de explotar, dificulta la concepción del sueño. Se fija en cada esquina, en cada pared, en las sombras cambiantes de las aspas del ventilador del techo girando.
Su mirada sale serpenteando de la habitación, se asoma al pasillo y puede ver, sin ver, las sombras platónicas que se conjuran fuera. En la habitación de enfrente se alcanza el grado máximo de deformación grotesca, cuando la luz se rocía sobre la mesa del escritorio, los libros, la cama y los peluches que la pueblan. Además, se confunde con la que entra de otra ventana, duplicando algunas.
Entre esas sombras, en la zona en la que precisamente parecían más poligonales y frías, le pareció ver que armonizaban y se volvían cada vez más suaves. No por ello, había atisbo alguno de calor en ellas, sino que eran más negras y más grandes cada vez, o eso le parecía.
Casi desnudo en su cama, observaba taciturno y serio, cómo se iban levantando en agrupación con otras de las sombras. Le hizo recordar a las gotas de lluvia que caen en el parabrisas de un coche, que al acercarse a otras inmóviles, se unen rápidamente a ellas y aumentan su tamaño, logrando acelerar su velocidad.
Aquella columna orgánica iba levantándose y definiéndose, aunque nunca demasiado. Era un fantasma de petróleo, que a pesar de ser sombra, tenía brillos en su superficie negra.
Aquella podría haber sido la sombra de su hermana, de su padre, o de un ladrón que se hubiera colado por la ventana y que probablemente, le asesinara para asegurar el éxito de su robo. Tan pronto le parecía alta y excesivamente esbelta, como de una talla más limitada y oronda, pero la tendencia general de su tamaño era al alza.
Ambos se miraban, eso estaba claro. Parecía incluso que aquella sombra, en constante movimiento, se acercaba hacia él, pero a una velocidad tan baja que pensó que sería un efecto visual y que no se acercaba en realidad, sino que seguía creciendo mientras no dejaba de moverse. Y no sabía que le daba más miedo.

A pesar de todo, seguía tumbado en su cama, atribuyendo aquel crecimiento extraordinario a la luz de algún vehículo que circulara a velocidad ridícula y con luces de carretera por la calle que hacía esquina con la avenida. Incluso cuando tuvo garantías para considerar del todo improbable esa posibilidad, se permitió el lujo de mirar a los lados, de mirar por la ventana y de tocarse, para asegurarse de que no soñaba. Luego lentamente volvió a dirigir su mirada hacia la habitación, con terror, ya que tenía la seguridad de que si no tenía a aquel fantasma encima, al menos estaba seguro de que habría avanzado bastante. Pero no, seguía su trayectoria impasible, un poco más cerca pero poco, y creciendo cada vez menos. No se preguntaba por la identidad de aquel ente, no le interesaba, ya conocía suficiente.
Aquella agonía lo aterrorizaba aún más, aunque hubiera querido huir no habría podido porque estaba paralizado de cintura para abajo, pero no lo notó porque ni siquiera lo intentaba. Había algo en ese pavor que le iba inundando desde el principio, poco a poco, y ahora se encontraba en el instante en el que dejaba de estar medio vacío para estar medio lleno. Fue en ese justo momento cuando la sombra pareció ser un poco más humana, pero dejando cada vez más claro al definirse, que era de todo menos hombre. Fue también entonces cuando pareció acelerar cada vez un poquito más, siendo lenta aún. Y fue también entonces, cuando por primera vez, intentó huir.
Cuando quiso moverse, se dio cuenta de que su cintura no se podía despegar del colchón. Su miedo era demente, a pesar de que la situación no era ni más grave ni más apremiante que hasta entonces. La diferencia es que ahora se había dado cuenta, de que estaba solo.

Siguió forcejeando, cada vez con más violencia, revolviendo las sábanas; pero su coxis permanecía inmóvil, dejando libre el resto de articulaciones.
Echó la mano a la mesita de noche y agarró un reloj despertador de forma curiosa. Lo arrojó contra la sombra, a la que atravesó y golpeó en el suelo, probablemente destrozado. La masa informe continuaba avanzando, impasible, aunque un poco más rápido cada vez. Ya había atravesado el pasillo y entraba en la habitación, apenas a unos metros de él.
Con prisa y por un instinto irracional, se bajó los calzoncillos, quedando ya completamente desnudo y sin ataduras de ningún tipo. Aprovechó para salir por la ventana de la habitación, que por suerte daba a un balcón. Desde ahí, accedió por la puerta al salón. Cuando se hundió entre la seguridad de las cortinas del salón, la sombra ya tenía la velocidad de una persona andando a paso sosegado y se asomaba por la ventana, olfateándolo.

Siguió corriendo como alma que lleva el diablo, nunca mejor dicho, sin pararse ni a cerrar las puertas. De todas formas, hubiese sido inútil, aquella cosa enorme y sólida se licuaba si era necesario para pasar bajo las puertas, o se sublimaba para pasar por ventanas y conductos. No existían barreras terrenales para contenerla.
Los pasillos del bloque de pisos, pese a estar oscuros, eran menos intimidatorios que las escaleras. Bajaba los peldaños de dos en dos, sin atreverse a correr más por no caer y quedar indefenso, pero con el terror del que ve nacer a su asesino en cada rincón que los escaños guarecían de la luz que entraba por los ventanucos de los descansillos.
Salió a la avenida y la encontró iluminada, pero se había vuelto terrorífica, vacía y silenciosa, sin más ruido perceptible que su propia respiración y el latido de su corazón, que enfrentaba peligrosamente a sus capilares con los huesos craneales.
Corría y corría sin parar, incluso adelantaba a sus propios reflejos en los escaparates, a los que veía de reojo esforzarse por alcanzarlo. Pero aquella celeridad que había adquirido con la desnudez, iba perdiendo intensidad con el cansancio, y aquellos mismos reflejos cada vez le parecían más cercanos, más claros, más fuertes y más feroces. Pronto aquello se convirtió en una cacería, la amplia avenida se estrechaba cada vez más y sus reflejos de los escaparates, versiones hormonadas y superiores de él mismo, casi licántropos, le daban caza como un par de galgos a una liebre.
Y como una liebre, precisamente, consiguió desviar su trayectoria y recortarles, introduciéndose por un oscuro callejón sin escaparates, tan solo con paredes de ladrillos y verjas metálicas pintadas de negro. Aquí sí había algo de sonido y materia orgánica, aunque poco, apenas las gotas de agua que caían de los canalones y algunos hierbajos, que aterrorizaban creciendo a ojos vistas en los tramos de acera en mal estado, como tentáculos de un ser de los subsuelos que buscaran sus pies descalzos y atormentados.
Aquel callejón, aunque le recordaba al cazador por lúgubre, al menos le protegía de las bestias. Conocía aquel barrio a la perfección y sabía que al salir de allí daría una calle modesta y solo un poco más ancha. Por eso, casi se le hiela el corazón y adelanta su muerte unos instantes, cuando vio que salía a una avenida aún más grande que la anterior, y probablemente más grande que cualquiera que hubiera visto. Todos eran edificios inmensos, con grandes carteles publicitarios luminosos de todo tipo y varias farolas, pero siguiendo un patrón que se repetía en cada manzana de forma aparentemente infinita. Los pisos bajos, eran totalmente de cristal, o directamente espejos; pero esta vez se reflejaba absolutamente todo, de forma poco nítida, como con niebla. Excepto él mismo.

Desde uno de los extremos de la avenida avanzaba inexorablemente, aquella forma humanoide, aquella mole que ya superaba el tamaño de los rascacielos aparecidos y que cada vez parecía más deforme y vagamente antropomorfa. Era una verdadera montaña en movimiento, envuelta en humo y niebla, que iba absorbiendo todo a su paso. Su sombra se alargaba cada vez más, en dirección hacia él, formando un gran agujero en el suelo.
Se dio la vuelta y miró hacia atrás. Las luces habían aumentado su intensidad hasta resultar cegadoras, e impedían ver por donde avanzar, eran un sólido muro blanco. Entonces sintió más miedo de la luz que de la oscuridad, y andando hacia el monstruo sentía el vaivén de sus genitales rozando en sus piernas al oscilar de forma casi escandalosa y el palpitar, ahora armónico, de su corazón. Se paró un instante, miró hacia la cima de la montaña, y se arrojó al lago de petróleo que había a sus pies. Mientras, la bestia iba decreciendo de tamaño a una velocidad vertiginosa y aunque la sombra se alargaba, su intensidad disminuía hasta sellar aquel socavón. Al mismo tiempo, el sol se elevaba por encima, como una corona sobre su cabeza que, irónicamente, acababa con su reinado de terror.

Él permaneció cayendo durante una eternidad, sin morir nunca, y a la mañana siguiente encontraron su cuerpo físico en una de las calles. Estaba excesivamente frío, con los ojos abiertos y una expresión forzada en la cara que no consiguieron hacerle desaparecer para su entierro. Sin poder conocer la razón de su muerte y en base a los estudios de la autopsia, que mostraban unos niveles anormales en la segregación de cierto tipo de hormona, determinaron que la causa de la muerte fue intoxicación por un tipo de droga desconocido del que no encontraron muestra alguna.
Por alguna extraña razón, todos los transeúntes evitaron aquel día una de las papeleras públicas que había en aquella misma calle. Nadie se percató de ello ni experimentó nada fuera de lo normal, pero la verdad es que allí se refugiaba la criatura. Ahora apenas tenía la estatura de un niño de cinco años y permanecía agazapada, con la barbilla entre las rodillas, mientras esperaba la puesta de sol para escapar. Si alguien se hubiera asomado, no vería nada, solo un par de puntos lejanos, como dos linternas LED al fondo de un estrecho pero profundo pozo.

"El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos". -Antonio Gramsci.

martes, 25 de febrero de 2014

Atentamente, Arcadio


 Un empleado de mediana edad recibe la noticia de que va a ser despedido en breve y decide dimitir antes, de una forma un tanto particular.


“Disculpe si le resulta un tanto inoportuna mi visita, no la he realizado en el horario estipulado ya que considero que se trata de una cuestión un poco delicada y que requiere cierta privacidad. Discúlpeme también por no avisar con antelación, pero temía una negativa y el asunto no admite más prórrogas.
Hace 28 años que trabajo en esta empresa, lo que me supone más de media vida. En todo este tiempo he cumplido siempre con mi trabajo y no se me ha comunicado queja alguna. Es más, aun estando en mi derecho, han sido muy pocas las veces que he solicitado una baja laboral.
No se confunda, no quiero distinguirme por encima de mis compañeros ni vengo a reclamar nada de lo que se me debiera y en su momento no pedí, ya renuncié a todo ello en su tiempo. Al igual que renuncié a muchos sueños cuando entré a trabajar aquí, es ley de vida, supongo. Así que no se rompa usted la cabeza, más de lo que nuestras terribles circunstancias exigen, buscando segundas intenciones en lo que le digo.
Lo único que pretendo es conservar lo poco que tengo. Ya es vox pópuli el nuevo recorte de personal que va a realizarse en la empresa y gracias a algunas averiguaciones absolutamente fiables, he confirmado que pertenezco a ese gran grupo de desafortunados que perderán su empleo.
‘Quien no arriesga no gana’, solía decir usted. El problema es que las más de las veces, pierden los demás.

Soy consciente de que usted no es el último responsable, que solo hace su trabajo: oír, obedecer y ejecutar. Sea usted consciente de que es el cargo más accesible e inmediatamente más cercano para elevar mis reivindicaciones. Confío en que esta reunión con usted me sirva para poner sobre aviso a sus superiores, a los que intentaré llegar de igual manera en breve.
Sean, en fin, todos conscientes de mi situación. Tengo una familia con tres hijos y este sueldo era el único ingreso que nos mantenía. El sueldo no era especialmente elevado, como usted sabrá, y por tanto nuestros ahorros son escasos, apenas podremos aguantar un año con la prestación de desempleo.
Siendo realistas, a mi edad considero poco probable que encuentre un nuevo empleo en ese tiempo y peor aún, con la situación económica actual. Y si encontrase alguno, casi seguro resultaría insuficiente. A alguien de mi edad y mis escasos recursos no puede usted pedirle que vuelva a rehacer su vida, que adquiera más formación, o que ande con malabares para intentar retrasar un destino inminente.
Para terminar, quiero pedirle disculpas. Puede que me haya precipitado un poco y le haya distraído. Le comprendo, no es para menos, pero la situación requería esta contundencia y usted no me ha dejado explicarme antes. La próxima vez, me aseguraré de que me oigan antes de actuar, le doy mi palabra. Por hoy, me doy por satisfecho si esta reunión sirve como toque de atención. Un saludo, y gracias por su tiempo.
Ah, casi se me olvida. Aquí dejo mi carta de dimisión, todo lo bien redactada que me ha permitido mi poca habilidad. Quizás le facilite su tarea de comunicar mis intenciones.”

Después de leerlo, dobló el papel y lo guardó en un bolsillo interior de la chaqueta, sacó un sobre y lo dejó caer sobre el regazo de su interlocutor. Se mesó su barba descuidada de una semana y dio un último vistazo a todo el despacho antes de irse.
Después de salir cerró la puerta con cuidado de no hacer ruido, los portazos y el sonido de las sillas al arrastrarse eran algo que sacaban de quicio a su jefe y aunque hubiera tenido un cese un poco abrupto, creía conveniente seguir respetándole. Nunca hay excusa para ser un maleducado.
Mientras salía del edificio murmuraba para sí: “Bueno, al menos he ensayado para el próximo”, y en su mente los pensamientos se confundían con la lista de la compra y otros quehaceres domésticos.

Mientras, en el despacho, el jefe seguía con la misma expresión. La mirada perdida y la boca un poco abierta, con una babilla espesa fluyendo. Sobre su regazo, la carta absorbía el goteo burdeos incesante que caía de la barbilla y brotaba de la enorme brecha de la cabeza.
En pocos minutos el contenido de la carta se volvió completamente ilegible y por mucho que se esforzaron, cuando la encontraron solo pudieron leer una despedida manuscrita y apresurada que rezaba: “Atentamente, Arcadio”.

Contrastando con toda la ostentación del lujoso despacho; bajo la silla en la que descansaba aquel hombre, desfigurado y sucio, la sangre se coagulaba y pasó a ser reseca y marrón, como una gran mancha de mierda.